Politics

Los hijos no pertenecen a los padres. Tampoco al Estado.

Dijo anteayer Isabel Celaá, ministra de educación:

«No podemos pensar, de ninguna de las maneras, que los hijos pertenecen a los padres.»

Y tiene toda la razón. Los hijos no pertenecen a sus padres.

Si yo soy el propietario de un cuadro, por ejemplo, soy libre de disponer de él como quiera. Puedo colgarlo en la mejor pared del salón o guardarlo en el trastero. Puedo venderlo a quien quiera, regalarlo a un amigo o pintar encima del lienzo. Puedo incluso tirarlo basura, prenderle fuego en el jardín o decidir darle unos hachazos para divertirme. Evidentemente, el traer a un niño al mundo, o el adoptar a un niño, no me otorga la misma categoría de derechos sobre un ser humano. El posesivo («mi hijo») en este caso no indica propiedad, y todos lo sabemos. «Tu barrio» tampoco te pertenece a ti, hablando estrictamente. Desde ese punto de vista, la cita es incontestable. Los hijos no pertenecen a los padres.

El problema con la tautología de la ministra es que no ayuda en nada a esclarecer la cuestión que motivó sus declaraciones: la conveniencia o la legalidad del veto parental que defiende Vox. Si los menores no «pertenecen» a sus tutores legales, ¿a quién «pertenecen»? ¿A la sociedad? ¿Al Estado? ¿A este gobierno? ¿Al anterior? ¿Al ministerio de educación de turno?

Vox podría usar exactamente el argumento opuesto para defender su postura («no podemos pensar, de ninguna de las maneras, que los hijos pertenecen al Estado»), y también tendrían razón. Una observación que es igualmente cierta, y de forma evidente, desde ambos lados de un debate, no arroja ninguna luz sobre el asunto que se está tratando.


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